Pareciera que el azar que rige el devenir de las sociedades se hubiera cebado con nuestras aspiraciones de futuro a lo largo de los últimos años. Sin ánimo de exhaustividad ni de retrotraernos al pasado más distante, baste señalar que la continuidad de la invasión rusa de Ucrania, el constante hostigamiento de Israel sobre la población gazatí o la guerra comercial desatada por Donald Trump en su regreso a la Casa Blanca dibujan un escenario internacional cuyo equilibrio se antoja cada vez más frágil y fragmentario. En otras palabras: vivimos en un muelle cuyos pilones se ven carcomidos por un oleaje inquieto, peligroso y traicionero.
La Iglesia tras Francisco: ¿abrazar la incertidumbre?
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