Vivimos inmersos en un mundo y en una lógica donde la velocidad, la disponibilidad constante, la hiperconectividad no sólo se valoran, se premian. Marcan lo que debemos ser y cómo debemos actuar. El tiempo se ha convertido en un recurso que se exprime y el cuerpo en una herramienta que se ajusta a demanda. El individualismo y la conexión permanente se han normalizado y, con ellas, el agotamiento y la frustración.
Lo ‘eco’ como acto de resistencia mental
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